
El Salmo 100:5 dice, «Porque Jehová es bueno; para siempre es su misericordia, Y su verdad por todas las generaciones».
La bondad de Dios es una verdad inmutable que resuena en todas las etapas de la vida. Es el suave susurro en medio del caos, la radiante luz del sol después de una tormenta y la promesa inquebrantable de que nunca estamos solos. Hablar de la bondad de Dios es hablar de un amor que no conoce límites y de una fidelidad que nunca falla.
A lo largo de la historia, la bondad de Dios se ha revelado de innumerables maneras. Desde la creación del mundo, donde cada detalle fue elaborado con esmero, hasta las misericordias diarias que nos reciben cada mañana, vemos un patrón de generosidad y bondad infinita. La bondad de Dios no depende de nuestras circunstancias ni de nuestros sentimientos; es un atributo inmutable, un reflejo de la naturaleza misma del Creador.
El Salmo 34:8 nos anima diciendo, «Gustad, y ved que es bueno Jehová; Dichoso el hombre que confía en él».
En nuestros momentos de alegría, la bondad de Dios es la melodía que eleva nuestros corazones. En nuestros momentos de tristeza o confusión, es el ancla que nos mantiene firmes. Incluso cuando el camino de la vida está sombrío e incierto, podemos confiar en que Dios obra para bien en todas las cosas, como nos asegura Romanos 8:28.
Abrazar la bondad de Dios es abrir nuestros corazones a la esperanza. Nos invita a ver bendiciones en lugares inesperados y a confiar en promesas que perduran más allá del momento presente. Cuando reconocemos la bondad de Dios, la gratitud fluye y la paz se instala profundamente en nuestro interior.
Oración: «Oh Espíritu Santo, ayúdame a vivir cada día con los ojos abiertos a la bondad de Dios, permitiendo que inspire mis palabras, moldee mis acciones y llene mi corazón de esperanza inquebrantable. ¡Amén!».